domingo, 25 de abril de 2010

Un día en el parque de atracciones


La noche coronaba el oscuro cielo de una mañana que sería el principio del día.El sol anaranjado escalaba entre las montañas, y cuando hubo llegado arriba una niebla inmensa nos inundó. Todo era gris y opaco, no se podían ver los tristes campos vacíos que delimitaban la carretera; las gotas del vapor se deslizaban por los cristales como si estuvieran llorando ,el sol parecía haberse trasformado en luna, era demasiado blanco y pequeño. Luego todo regresó, aunque con un toque grisáceo.





Allí abajo en la tierra, el suelo aún parecía tener vida.


El miedo fue sólo el principio de una gran diversión.


Todo sucedía tan rápido que no te dabas cuenta si quiera, cuando acaba en un minuto, estabas abajo haciendo eses y queriendo ver como el cielo y el suelo giraban sin parar, mezclándose y fusionándose, creyéndote capaz de volar al cerrar tus ojos. Era como estar ajeno a la realidad; estar pero sin estar. La mente se vaciaba y por unos minutos dejabas de pensar en todo aquello que rondaba tu cabeza segundos antes; no podías, había demasiados giros, velocidad, y emociones.


Las montañas rusas cesaron, había que volver a casa, y la sensación de retorcerte en el aire disminuyó hasta desaparecer.El atardecer regresó con sus nubes blancas desentonando, en las que buscar formas sobre el cielo rojo, lila y azul celeste. Los descampados, las casas y las industrias recortaban los escasos rayos de sol. Luego llegó la oscuridad adornada por el fulgor de las estrellas, que parecían estar colgadas por un simple hilo como si se tratasen de las bolas de un árbol de navidad,y la luna oculta entre las nubes que acompañaría a nuestros sueños.

lunes, 12 de abril de 2010

El atardecer entre los cerezos japoneses


La primavera se entremezclaba con el invierno y el verano, como si cada estación estuviera presente, la brisa invernal junto con los veraniegos rayos del sol me recuerdan los eternos días veraniegos.

El sol crepuscular ilumina aquel parque repleto de almas vivas que sin prisa pero sin pausa nos abandonan marchando hacia otro lugar, como si su energía se agotara a la vez que el día termina, como si fueran nómadas, o como si la oscuridad de la noche les atemorizara tanto como a mí, cuando en realidad el cielo estrellado y la luna son el mejor espectáculo que nadie podría imaginar.

El silencio inunda nuestra atmósfera interrumpido por el trino de los pájaros. Dejo caer mi cabeza hacia atrás, y puedo ver la carretera, recortada por unos edificios bastante lejanos y las copas de los árboles surgiendo desde lo más alto, intentado asimilarse a aquellos rascacielos que con el paso del tiempo acaparan sus puestos en este planeta industrializado.

La noche comienza a entrar, me gustaría quedarme allí tendida contando estrellas fugaces y pidiendo deseos al viento, pero una voz ajena me indica que el mundo real sigue allí, y que es hora de volver a casa.

Las dulces flores de los cerezos japoneses crean un pasaje que podría llevar hacia la felicidad, hacia una utopía, pero al final del camino no encuentro sino una plaza recorrida por viejas almas que vagan de camino a casa, cansadas.

Ahora el sol se ha ido, y la noche hace su aparición, las farolas están encendidas aunque haya luz suficiente para caminar, pero el rojizo fulgor ha dado paso a ese azul penetrante y amenazador.

Ahora recuerdo por qué me fascinan tanto esas nubes desdibujadas sobre el amanecer que observo de vez en cuando de camino a clase, me recuerdan esos cerezos mágicos sobre los cuales miles de ojos ocultos entre sus flores nos observaban sin ser conscientes de su presencia.

"Si no crees en algo nunca serás capaz de apreciarlo,tan sólo vemos aquello que queremos, incapaces de ver más allá".

jueves, 8 de abril de 2010

La bebida distorsiona la realidad


Nunca me gustó beber, pero siempre hay una primera vez para todo.

-"Una cerveza"- dije atrevidamente al estar en el país de dicha bebida, la cual se considera la mejor.

Comencé sentir ganas de reír sin sentido alguno, y a la vez era como estar en el mundo pero sin estar, mi cabeza se sostenía sobre el cuello por arte de magia, y a veces hablaba más de lo que debía aunque podía controlarme, al fin y al cabo sólo fue una jarra de cerveza .

Me reía de cosas que no tenían gracia, y mis pasos se balanceaban sobre la acera oscura y abarrotada de personas con las cuales emprendí el viaje.

Nunca me gustó la bebida, siempre tuve miedo de perder el control, de hablar más de lo necesario sobre mí, de todo aquello que no muestro. Miedo de acabar en una camilla observando tendida boca arriba todas esas luces distorsionadas acompañadas del aquel estridente ruido, que cientos de adolescentes escuchan los fines de semana.

Pero esta vez la bebida hizo un efecto diferente, me sentía feliz sin ninguna razón.

Cuando el efecto de alegría pasó todo volvió a la realidad, dejé de un lado la distorsión .Echadas en una cama hablando sobre nosotras tres, comenzó la llamada segunda fase de una borrachera, la depresión.

Sentía ganas de llorar, pero a diferencia de la anterior vez, esta vez si que había razón por la que llorar, bueno razones, porque encontraba tantas en ese instante que no podía llorar por todas.

Acabé por volver a mi habitación con mi compañera, y dejar de lado todo aquello y dormir.

-"Mañana será otro día"- pensé antes de que mi mente sucumbiera a distorsionarse de nuevo, pero esta vez junto con el subconsciente.

lunes, 15 de marzo de 2010

Sueños primaverales


Había olvidado aquel tono casi blanco que posee el sol, ese que te hace desviar la vista hacia otro lugar, ya que él es demasiado hermoso como para dejarse observar directamente, y si lo haces te cegará. También había olvidado el placentero sentimiento de avanzar sin prisa pero sin pausa en bicicleta, sintiendo el aire fresco en tu rostro y el sol invernal en tu espalda. Recorrer calles inhóspitas por las que nunca había pasado, en las cuales las alcantarillas y las baldosas entonan una melodía al ser pisadas, como si de un canto primaveral se tratara. Calzadas que producen cierta tristeza al observarlas tan solitarias y ajenas al mundo real, rodeadas de asfalto por el que raramente circulan vehículos.

Las risas de los niños y los suspiros de las parejas son audibles en el parque cercano, el sol ha hecho que con él vuelvan las alegres sonrisas de las pocas personas que disfrutan de un día de calma y tranquilidad, un día abstraídos de la rutina.

Un camino lleno de barro nos guía hacia los árboles que envuelven el monte cuya cima es coronada por unas casas cuyos habitantes deben descender cada día para volver al mundo al que pertenecen, al trabajo diario del que pocos disfrutan en realidad ya que como la mayoría de la gente optaron por el camino más fácil y no por aquel que deseaban de verdad y ahora viven sumisos de un trabajo que les aprisiona y les inhibe de sus sueños.

Allí, sentada desde un tronco caído, mirando hacia el cielo puedo observar las ramas de los árboles luchando por ascender y encontrar un rayo de luz que les ayude a seguir adelante lo que aún queda de invierno, uno que les proporcione el calor que necesitan para conservarse en las alturas, siendo así la casa de muchos seres.

El cielo es tan celeste, el silencio tan profundo, el musgo que recubre el suelo almohadillado se asemeja al caminar sobre las nubes –aunque desconozca esa sensación.Respiro profundamente e invado de aire fresco mis pulmones, todo desde ahí parece tan perfecto, es como si el mundo en el que realmente habitáramos no fuera el real, sino este que ahora nos rodea. Como si nada pudiera ir mal… parece mentira que en ese mismo momento alguien estuviera muriendo por no tener los recursos necesarios.

Más arriba, miro hacia el fondo de la espesura de los follajes, me pregunto cuánto nos quedará por descubrir, y cuánto ignoramos de nosotros mismos. Hay tantas preguntas sin resolver a las que nunca hallaremos respuestas…

Pedaleo y siento esas extrañas ganas de soltar las riendas, de dejarme llevar, de alzar los brazos y sentir el viento contra mí, y gritar: “¡soy el rey del mundo!”, como en aquella película cuyo título soy incapaz de recordar en este mismo instante, de hecho puede que ni siquiera haya visto esa película.

El sol se oculta y da paso al atardecer junto con el cual mueren los sueños; hasta que caigas rendido en la cama, donde la luna efectuará su papel, la cual , nos otorga ,de nuevo, la capacidad de soñar…

sábado, 13 de marzo de 2010

Una pasión,una sombra.


Un mañana lluviosa en la que un cielo encapotado gobernaba la ciudad de las pasiones, una sombra sin destino vagaba por la pequeña ciudad que parecía adormilada, aunque en realidad estuviera en constante movimiento, como un danza constante, un movimiento de cuerpos incandescentes. Una sombra perdida, una sombra que perdió a su persona, una sombra que quizás nunca la perdió porque ni siquiera se habían encontrado. Una sombra errante en busca de su doble cara de una misma moneda.

Deambulaba sin destino, sin encontrar su otra mitad; su mitad de carne y hueso, pero no se rendiría hasta encontrarla porque sin su otra mitad ella no tenía ningún sentido, y aunque su otra mitad lo ignorara, ésta también carecía de sentido sin su leal sombra.

El día que ambas se hallaran todo comenzaría a cobrar sentido en el aletargado ser de la sombra, cuya oscuridad pasaría a ser un manchón traslúcido.

Así pues, pasando a formar de esa pantomima, en la cual, todos aquellos que de verdad han descubierto su pasión se sumergen en su inalterable destino.

Y ahora me pregunto yo, ¿cual será mi pasión? Espero encontrarla algún día.

martes, 9 de marzo de 2010

Hipocresía


“Hipocresía no es un insulto”, dijo la profesora.

Hipocresía, el mundo está poblado de hipócritas. Desde los hipócritas por excelencia; los políticos, hasta las clases más bajas de esta sociedad, pasando por ella todos los sectores de los estratos sociales, en mayor proporción la clase media-alta.

Nadie se puede liberar de ella, es un lastre que debemos cargar toda nuestra vida, algo de lo que es imposible eximirse. Sólo podemos cargarla al hombro y hacerla así menos pesada, o dejar que con cada paso nos detenga, marcando su surco en nuestro camino.

Miro a cada lado y sólo encuentro hipocresía en aumento, cada año parece tomar partida antes. La hipocresía nace en el seno de la familia que se transmitirá a los más pequeños, para más tarde ser utilizada desde edades más tempranas.

Hipocresía que conlleva dolor y mentiras, y más sufrimiento para el mundo…

Paro en medio de mi camino para girar la vista atrás y dejar lugar a mis memorias por un momento. Giro 90 grados mi cabeza y percibo otro camino, y otro alma por delante de mí ,del cual sólo puedo observar un lejano punto sin movimiento perceptible ,cuyo camino contiene la marca, el rastro de la hipocresía, como un surco en la arena humedecida de una playa en la cual un náufrago acarrea su balsa vagando sin orientación alguna en busca del final de su isla desierta, sin saber que su senda es circular, con la esperanza de encontrar algún día el instante en el que la arena de paso al asfalto. Sin percatarse de que se encuentra encerrado en su propia botella, la cual utilizó para escapar mediante un mensaje que vagó por las aguas sin destino,permaneciendo así prisionero de sí mismo para siempre.

A veces pienso que si el mundo tuviera rostro, en él se reflejaría una mirada triste, carente de ilusión alguna, una mirada que reflejaría a esta humanidad…

domingo, 7 de marzo de 2010

¿A dónde van las lágrimas?, ¿de dónde viene la lluvia?


Ahora las nubes parecen formar parte del cielo, se han adaptado tan bien a él … Es como si nunca antes hubiera existido un azul celeste allí arriba vigilando cada uno de nuestros movimientos diurnos ,y aparentado ser otro durante la cautiva noche ; ahora es como si siempre hubiera sido gris.

Me gusta ese tono, me adapto a él, y parezco no darme cuenta de que no es el tono que le corresponde en realidad, pero es el que más se relaciona con mi compañera de lloros, la lluvia.

Recorro el pasillo dotado de cierta elegancia a partir de unos azulejos beiges que desentonan con el aspecto antiguo del espejo que refleja mi mirada perdida junto a dos tristes maceteros que piden a gritos con unas flores; no artificiales, sino unas que posean la vida de la que ellos carecen..

Me encamino descendiendo la rampa, percibo el tacto de mis zapatillas contra las baldosas de cemento, similar a una intensa caricia, aunque quizás lo que provoque esta sensación sea su sonido audible en cada paso.

Abro la puerta decidida y una bocanada de aire me conmueve por dentro.

Desde aquí abajo, cuando alzas la vista hacia el cielo pálido todo parece tan tétrico, y lo extraño de ello es que me gusta, me gusta mirar al cielo y ver que las grisáceas y vaporosas nubes se condensan hasta dejar caer sus primeras gotas de lluvia.

Me gusta caminar bajo la lluvia sin paraguas con la simple protección de un abrigo y su capucha y sentir como cada gota resbala sobre su superficie hasta que alguna, intrépida y atrevida, consigue precipitarse y posarse en tu cara .Es entonces cuando podrías llorar sin que nadie pudiera intuirlo si quiera ,ya que a la gente le preocupan hoy en día más los lloros del cielo en su forma física y material .El ponerse bajo la protección de las lágrimas, que paso a paso traspasan las ropas de los más desafortunados, y se cuelan entre las diminutas rendijas de cada tela hasta llegar a la piel por la cual se deslizan hasta desaparecer desintegrándose. Rindiéndose en su intento de transmitir su dolor a cada persona, pretendiendo cambiar nuestros planes inespecíficos de expirar con el Planeta, porque ya no sirve de nada, la gente ya no se preocupa por la razón de las lágrimas, sólo quieren evitarlas a toda causa, cueste lo que cueste.

El mundo está llorando y nadie quiere enterarse.

Si miráramos a través de cada una de esas gotas de lluvia que pasan unas milésimas de segundo ante nuestros ojos, podríamos ver el color del dolor, del sufrimiento, del odio, incluso del amor. De todo eso que nos hace derramar saladas lágrimas, cuya sal es absorbida por la señora realidad , que tras esto almacena pequeñas tacitas de té que deja derramar lentamente sobre las mullidas nubes,encargadas de racionalizar este líquido sobre nuestras cabezas sin que seamos capaces de ser conscientes de dónde provienen y a dónde irán a parar.

Porque, ¿a quién le gusta el dolor cuando es más fácil engañarse?