
Los abrigos, bufandas y gorros se mueven descontrolados por una fuerza invisible , el viento, ese ganador del escondite que recorre las risas de los niños en los parques mientras saltan en los montones de hojas que él mismo ha acumulado ; porque ,aunque le cueste reconocerlo ,le encanta su sonido.
Un escalofrío te atraviesa ,y en ese mismo segundo un montón de pequeñas partículas cargadas con un exceso de dióxido de carbono, luchan por calar cada uno de tus tejidos. Las personas corren a ambos lados de la calle, huyen de la humedad, o buscan un escondite mejor que el del viento, el cual ya ha comenzado a contar: 1, 2, 3... 48,49 y 50. La mitad son sorprendidos por un inmenso nubarrón sobre sus cabezas antes de encontrar refugio. Corren, resbalan, chocan; se vuelven más torpes de lo que ya es el ser humano, y cuando ya han conseguido algo con lo que protegerse salen a la calle desafiantes, esperando que el viento doble su paragüas, para luego echar mil maldiciones, y, de nuevo huir. Huir.