
La primavera se entremezclaba con el invierno y el verano, como si cada estación estuviera presente, la brisa invernal junto con los veraniegos rayos del sol me recuerdan los eternos días veraniegos.
El sol crepuscular ilumina aquel parque repleto de almas vivas que sin prisa pero sin pausa nos abandonan marchando hacia otro lugar, como si su energía se agotara a la vez que el día termina, como si fueran nómadas, o como si la oscuridad de la noche les atemorizara tanto como a mí, cuando en realidad el cielo estrellado y la luna son el mejor espectáculo que nadie podría imaginar.
El silencio inunda nuestra atmósfera interrumpido por el trino de los pájaros. Dejo caer mi cabeza hacia atrás, y puedo ver la carretera, recortada por unos edificios bastante lejanos y las copas de los árboles surgiendo desde lo más alto, intentado asimilarse a aquellos rascacielos que con el paso del tiempo acaparan sus puestos en este planeta industrializado.
La noche comienza a entrar, me gustaría quedarme allí tendida contando estrellas fugaces y pidiendo deseos al viento, pero una voz ajena me indica que el mundo real sigue allí, y que es hora de volver a casa.
Las dulces flores de los cerezos japoneses crean un pasaje que podría llevar hacia la felicidad, hacia una utopía, pero al final del camino no encuentro sino una plaza recorrida por viejas almas que vagan de camino a casa, cansadas.
Ahora el sol se ha ido, y la noche hace su aparición, las farolas están encendidas aunque haya luz suficiente para caminar, pero el rojizo fulgor ha dado paso a ese azul penetrante y amenazador.
Ahora recuerdo por qué me fascinan tanto esas nubes desdibujadas sobre el amanecer que observo de vez en cuando de camino a clase, me recuerdan esos cerezos mágicos sobre los cuales miles de ojos ocultos entre sus flores nos observaban sin ser conscientes de su presencia.
"Si no crees en algo nunca serás capaz de apreciarlo,tan sólo vemos aquello que queremos, incapaces de ver más allá".
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