
Había olvidado aquel tono casi blanco que posee el sol, ese que te hace desviar la vista hacia otro lugar, ya que él es demasiado hermoso como para dejarse observar directamente, y si lo haces te cegará. También había olvidado el placentero sentimiento de avanzar sin prisa pero sin pausa en bicicleta, sintiendo el aire fresco en tu rostro y el sol invernal en tu espalda. Recorrer calles inhóspitas por las que nunca había pasado, en las cuales las alcantarillas y las baldosas entonan una melodía al ser pisadas, como si de un canto primaveral se tratara. Calzadas que producen cierta tristeza al observarlas tan solitarias y ajenas al mundo real, rodeadas de asfalto por el que raramente circulan vehículos.
Las risas de los niños y los suspiros de las parejas son audibles en el parque cercano, el sol ha hecho que con él vuelvan las alegres sonrisas de las pocas personas que disfrutan de un día de calma y tranquilidad, un día abstraídos de la rutina.
Un camino lleno de barro nos guía hacia los árboles que envuelven el monte cuya cima es coronada por unas casas cuyos habitantes deben descender cada día para volver al mundo al que pertenecen, al trabajo diario del que pocos disfrutan en realidad ya que como la mayoría de la gente optaron por el camino más fácil y no por aquel que deseaban de verdad y ahora viven sumisos de un trabajo que les aprisiona y les inhibe de sus sueños.
Allí, sentada desde un tronco caído, mirando hacia el cielo puedo observar las ramas de los árboles luchando por ascender y encontrar un rayo de luz que les ayude a seguir adelante lo que aún queda de invierno, uno que les proporcione el calor que necesitan para conservarse en las alturas, siendo así la casa de muchos seres.
El cielo es tan celeste, el silencio tan profundo, el musgo que recubre el suelo almohadillado se asemeja al caminar sobre las nubes –aunque desconozca esa sensación.Respiro profundamente e invado de aire fresco mis pulmones, todo desde ahí parece tan perfecto, es como si el mundo en el que realmente habitáramos no fuera el real, sino este que ahora nos rodea. Como si nada pudiera ir mal… parece mentira que en ese mismo momento alguien estuviera muriendo por no tener los recursos necesarios.
Más arriba, miro hacia el fondo de la espesura de los follajes, me pregunto cuánto nos quedará por descubrir, y cuánto ignoramos de nosotros mismos. Hay tantas preguntas sin resolver a las que nunca hallaremos respuestas…
Pedaleo y siento esas extrañas ganas de soltar las riendas, de dejarme llevar, de alzar los brazos y sentir el viento contra mí, y gritar: “¡soy el rey del mundo!”, como en aquella película cuyo título soy incapaz de recordar en este mismo instante, de hecho puede que ni siquiera haya visto esa película.
El sol se oculta y da paso al atardecer junto con el cual mueren los sueños; hasta que caigas rendido en la cama, donde la luna efectuará su papel, la cual , nos otorga ,de nuevo, la capacidad de soñar…


