viernes, 21 de mayo de 2010

Todos - Bárbara Alpuente


Aquí dejo un texto que leí en una revista , da que pensar...

Mi barrio es una letrina gigante. Un contenedor de aburrimientos vitales y ansiedad etílica en el que los asistentes vomitan, mean, escupen y chillan, para unas horas después, volver semiinconscientes a la tranquilidad e higiene de sus hogares. Los tapones para los oídos son, junto al pelador, el mejor invento de la humanidad, aunque en noches como esta no me sirvan para nada. Retumban en mi cráneo los graves monótonos y alienantes de la música sintética. Escucho los gritos asustados de los testigos de una pelea. Un coche de policía llega demasiado tarde. O demasiado pronto para el próximo incidente. Una ambulancia recoge a un joven ensangrentado que no recuerda cómo ha llegado a abrirse la cabeza. Me da incluso por pensar que quizá viniera así de casa.

Una chica se arranca por bulerías frente a mi balcón. Tengo sueño y la espontánea carece de talento. Quiero matarla. Canalizo mi violencia encendiendo la televisión, que parece programada exactamente para eso. Me decanto por La Noche temática que, casualmente, hoy se titula Muerte súbita. La histeria se dispara con sus matices agudos, impregnando la madrugada de hormonas desatadas. Me fumo un cigarro en el balcón y observo el horizonte velado por el botellón. Me ha salido un pareado sin haberlo preparado. Llueve sobre la capa impermeable del exceso. Las gotas no disuaden a las decenas de personas que se congregan para arrastrar su adolescencia por las esquinas. Dos chicas lloran abrazadas con un brick en la mano. Preveo resacas terminales.

Una ráfaga ácida e intensa que asciende desde el mingitorio oficial en el que se ha convertido mi calle, me obliga a enclaustrarme de nuevo en el salón. Un tal José llama a un tal Germán para decirle que es un soso por no unirse a la fiesta. “¿qué haces en la cama, tío? ¡Si no son ni las cuatro!” Dan las cuatro y a mí me gustaría poder dormir. El tal José me diría que soy una sosa. No tendría intención de contradecirle. Lo soy. Una chica comenta a sus compañeras que lleva dos días bebiendo sin parar. Entra en el bucle y lo repite lo menos seis veces en el tramo que recorre desde mi calle hasta la plaza. El gesto desencajado y la torpeza de sus frágiles movimientos, indican, tristemente, que no miente. Son las cinco de la mañana. Unos 20 jóvenes cantan a todo pulmón cumpleaños feliz. Pero la cosa no acaba ahí, luego siguen con Es un muchacho excelente. Rezo para que no empalmen con feliz en tu día. El excelente muchacho despide la jornada con un humillante strip-tease.

Comento al día siguiente la situación con otros vecinos. Concluimos que la juventud está muy mal, que viven en la inercia, en el desaliento, en la desidia biológica provocada por la falta de responsabilidad con sus propias vidas. Y juzgamos con el cinismo del que habla de la sociedad en tercera persona, como si la cosa no fuera con él. Como si se tratara de una mole informe sin caras ni latidos. Convertimos a los jóvenes en un monstruoso ente que sólo aparece para robarnos unas horas de sueño y ensuciar nuestras aceras. Pues, sinceramente, cuando el desquicie anímico roza el límite hasta este punto, algo debemos de estar haciendo mal. Todos.


Bárbara Alpuente

jueves, 6 de mayo de 2010

Lluvia


Una semana despejada parecía que fuera a ir acompañada de sol, calor y buenos momentos, de hecho incluso las flores del prado de en frente del instituto se habían hecho sitio de forma inexplicable en cada rincón de césped. Podías tumbarte, tomar el sol, oler el verano, y buscar formas en las nubes como cualquier niño haría. Nadie se esperaba menos del viernes, de hecho nos habíamos acostumbrado tanto al buen tiempo, que tan sólo sabíamos esperar risas.

Quisimos ignorar el cielo grisáceo y pálido; el sol intentado ocultarse, temeroso al dolor; y como si fuera uno de esos días de verano que tanto se añoran, salimos de casa con una chaqueta encima.

Algunas minúsculas gotas dieron contra mí, pero no les di importancia, como se hace con todo lo que parece no tenerla. Más tarde, mientras seguíamos involucradas en un sueño que no era real, comenzaron a sucederse con rapidez: “sólo es un poco de lluvia primaveral” pensamos. Los truenos y los relámpagos se abrieron paso, la fina lluvia pasó a ser agua torrencial, y el suelo empedrado quedó encharcado mientras terminábamos un helado.

No sé por qué, ni tampoco me interesa, hay cosas a las que no hay que buscarlas sentido.Decidimos correr bajo la lluvia en aquella plaza frente a la catedral, bajo la mirada de decenas de persona refugiadas en los soportales, que luchaban por esquivar toda humedad, mientras nosotras desafiábamos a la naturaleza bajo miles de gotas de agua y danzábamos de un lado para otro, riendo empapadas.

Todo daba igual hasta que algo llamado realidad o granizo te golpea, de nuevo nos refugiamos, no queríamos más dolor. Volvimos cuando el chaparrón regresó más implacable, mientras saltábamos en cada charco, dejando que nuestra ropa se impregnara por completo de aquel llanto que acabó por desaparecer.

La lluvia se detuvo, y los papeles se invirtieron; todo se volvió más gris sin ella, la cual hacía que vieras todo a través de un cristal empañado, sin querer hacer caso a la verdad.

Caminamos por las calles mojadas, y con el fin de darle un nuevo toque al ambiente decidimos arremeter contra cada charco intentando invocar a la tormenta, que hizo caso omiso a nuestras súplicas, dejándonos abandonadas a nuestra suerte, chorreando tristeza

domingo, 25 de abril de 2010

Un día en el parque de atracciones


La noche coronaba el oscuro cielo de una mañana que sería el principio del día.El sol anaranjado escalaba entre las montañas, y cuando hubo llegado arriba una niebla inmensa nos inundó. Todo era gris y opaco, no se podían ver los tristes campos vacíos que delimitaban la carretera; las gotas del vapor se deslizaban por los cristales como si estuvieran llorando ,el sol parecía haberse trasformado en luna, era demasiado blanco y pequeño. Luego todo regresó, aunque con un toque grisáceo.





Allí abajo en la tierra, el suelo aún parecía tener vida.


El miedo fue sólo el principio de una gran diversión.


Todo sucedía tan rápido que no te dabas cuenta si quiera, cuando acaba en un minuto, estabas abajo haciendo eses y queriendo ver como el cielo y el suelo giraban sin parar, mezclándose y fusionándose, creyéndote capaz de volar al cerrar tus ojos. Era como estar ajeno a la realidad; estar pero sin estar. La mente se vaciaba y por unos minutos dejabas de pensar en todo aquello que rondaba tu cabeza segundos antes; no podías, había demasiados giros, velocidad, y emociones.


Las montañas rusas cesaron, había que volver a casa, y la sensación de retorcerte en el aire disminuyó hasta desaparecer.El atardecer regresó con sus nubes blancas desentonando, en las que buscar formas sobre el cielo rojo, lila y azul celeste. Los descampados, las casas y las industrias recortaban los escasos rayos de sol. Luego llegó la oscuridad adornada por el fulgor de las estrellas, que parecían estar colgadas por un simple hilo como si se tratasen de las bolas de un árbol de navidad,y la luna oculta entre las nubes que acompañaría a nuestros sueños.

lunes, 12 de abril de 2010

El atardecer entre los cerezos japoneses


La primavera se entremezclaba con el invierno y el verano, como si cada estación estuviera presente, la brisa invernal junto con los veraniegos rayos del sol me recuerdan los eternos días veraniegos.

El sol crepuscular ilumina aquel parque repleto de almas vivas que sin prisa pero sin pausa nos abandonan marchando hacia otro lugar, como si su energía se agotara a la vez que el día termina, como si fueran nómadas, o como si la oscuridad de la noche les atemorizara tanto como a mí, cuando en realidad el cielo estrellado y la luna son el mejor espectáculo que nadie podría imaginar.

El silencio inunda nuestra atmósfera interrumpido por el trino de los pájaros. Dejo caer mi cabeza hacia atrás, y puedo ver la carretera, recortada por unos edificios bastante lejanos y las copas de los árboles surgiendo desde lo más alto, intentado asimilarse a aquellos rascacielos que con el paso del tiempo acaparan sus puestos en este planeta industrializado.

La noche comienza a entrar, me gustaría quedarme allí tendida contando estrellas fugaces y pidiendo deseos al viento, pero una voz ajena me indica que el mundo real sigue allí, y que es hora de volver a casa.

Las dulces flores de los cerezos japoneses crean un pasaje que podría llevar hacia la felicidad, hacia una utopía, pero al final del camino no encuentro sino una plaza recorrida por viejas almas que vagan de camino a casa, cansadas.

Ahora el sol se ha ido, y la noche hace su aparición, las farolas están encendidas aunque haya luz suficiente para caminar, pero el rojizo fulgor ha dado paso a ese azul penetrante y amenazador.

Ahora recuerdo por qué me fascinan tanto esas nubes desdibujadas sobre el amanecer que observo de vez en cuando de camino a clase, me recuerdan esos cerezos mágicos sobre los cuales miles de ojos ocultos entre sus flores nos observaban sin ser conscientes de su presencia.

"Si no crees en algo nunca serás capaz de apreciarlo,tan sólo vemos aquello que queremos, incapaces de ver más allá".

jueves, 8 de abril de 2010

La bebida distorsiona la realidad


Nunca me gustó beber, pero siempre hay una primera vez para todo.

-"Una cerveza"- dije atrevidamente al estar en el país de dicha bebida, la cual se considera la mejor.

Comencé sentir ganas de reír sin sentido alguno, y a la vez era como estar en el mundo pero sin estar, mi cabeza se sostenía sobre el cuello por arte de magia, y a veces hablaba más de lo que debía aunque podía controlarme, al fin y al cabo sólo fue una jarra de cerveza .

Me reía de cosas que no tenían gracia, y mis pasos se balanceaban sobre la acera oscura y abarrotada de personas con las cuales emprendí el viaje.

Nunca me gustó la bebida, siempre tuve miedo de perder el control, de hablar más de lo necesario sobre mí, de todo aquello que no muestro. Miedo de acabar en una camilla observando tendida boca arriba todas esas luces distorsionadas acompañadas del aquel estridente ruido, que cientos de adolescentes escuchan los fines de semana.

Pero esta vez la bebida hizo un efecto diferente, me sentía feliz sin ninguna razón.

Cuando el efecto de alegría pasó todo volvió a la realidad, dejé de un lado la distorsión .Echadas en una cama hablando sobre nosotras tres, comenzó la llamada segunda fase de una borrachera, la depresión.

Sentía ganas de llorar, pero a diferencia de la anterior vez, esta vez si que había razón por la que llorar, bueno razones, porque encontraba tantas en ese instante que no podía llorar por todas.

Acabé por volver a mi habitación con mi compañera, y dejar de lado todo aquello y dormir.

-"Mañana será otro día"- pensé antes de que mi mente sucumbiera a distorsionarse de nuevo, pero esta vez junto con el subconsciente.

lunes, 15 de marzo de 2010

Sueños primaverales


Había olvidado aquel tono casi blanco que posee el sol, ese que te hace desviar la vista hacia otro lugar, ya que él es demasiado hermoso como para dejarse observar directamente, y si lo haces te cegará. También había olvidado el placentero sentimiento de avanzar sin prisa pero sin pausa en bicicleta, sintiendo el aire fresco en tu rostro y el sol invernal en tu espalda. Recorrer calles inhóspitas por las que nunca había pasado, en las cuales las alcantarillas y las baldosas entonan una melodía al ser pisadas, como si de un canto primaveral se tratara. Calzadas que producen cierta tristeza al observarlas tan solitarias y ajenas al mundo real, rodeadas de asfalto por el que raramente circulan vehículos.

Las risas de los niños y los suspiros de las parejas son audibles en el parque cercano, el sol ha hecho que con él vuelvan las alegres sonrisas de las pocas personas que disfrutan de un día de calma y tranquilidad, un día abstraídos de la rutina.

Un camino lleno de barro nos guía hacia los árboles que envuelven el monte cuya cima es coronada por unas casas cuyos habitantes deben descender cada día para volver al mundo al que pertenecen, al trabajo diario del que pocos disfrutan en realidad ya que como la mayoría de la gente optaron por el camino más fácil y no por aquel que deseaban de verdad y ahora viven sumisos de un trabajo que les aprisiona y les inhibe de sus sueños.

Allí, sentada desde un tronco caído, mirando hacia el cielo puedo observar las ramas de los árboles luchando por ascender y encontrar un rayo de luz que les ayude a seguir adelante lo que aún queda de invierno, uno que les proporcione el calor que necesitan para conservarse en las alturas, siendo así la casa de muchos seres.

El cielo es tan celeste, el silencio tan profundo, el musgo que recubre el suelo almohadillado se asemeja al caminar sobre las nubes –aunque desconozca esa sensación.Respiro profundamente e invado de aire fresco mis pulmones, todo desde ahí parece tan perfecto, es como si el mundo en el que realmente habitáramos no fuera el real, sino este que ahora nos rodea. Como si nada pudiera ir mal… parece mentira que en ese mismo momento alguien estuviera muriendo por no tener los recursos necesarios.

Más arriba, miro hacia el fondo de la espesura de los follajes, me pregunto cuánto nos quedará por descubrir, y cuánto ignoramos de nosotros mismos. Hay tantas preguntas sin resolver a las que nunca hallaremos respuestas…

Pedaleo y siento esas extrañas ganas de soltar las riendas, de dejarme llevar, de alzar los brazos y sentir el viento contra mí, y gritar: “¡soy el rey del mundo!”, como en aquella película cuyo título soy incapaz de recordar en este mismo instante, de hecho puede que ni siquiera haya visto esa película.

El sol se oculta y da paso al atardecer junto con el cual mueren los sueños; hasta que caigas rendido en la cama, donde la luna efectuará su papel, la cual , nos otorga ,de nuevo, la capacidad de soñar…

sábado, 13 de marzo de 2010

Una pasión,una sombra.


Un mañana lluviosa en la que un cielo encapotado gobernaba la ciudad de las pasiones, una sombra sin destino vagaba por la pequeña ciudad que parecía adormilada, aunque en realidad estuviera en constante movimiento, como un danza constante, un movimiento de cuerpos incandescentes. Una sombra perdida, una sombra que perdió a su persona, una sombra que quizás nunca la perdió porque ni siquiera se habían encontrado. Una sombra errante en busca de su doble cara de una misma moneda.

Deambulaba sin destino, sin encontrar su otra mitad; su mitad de carne y hueso, pero no se rendiría hasta encontrarla porque sin su otra mitad ella no tenía ningún sentido, y aunque su otra mitad lo ignorara, ésta también carecía de sentido sin su leal sombra.

El día que ambas se hallaran todo comenzaría a cobrar sentido en el aletargado ser de la sombra, cuya oscuridad pasaría a ser un manchón traslúcido.

Así pues, pasando a formar de esa pantomima, en la cual, todos aquellos que de verdad han descubierto su pasión se sumergen en su inalterable destino.

Y ahora me pregunto yo, ¿cual será mi pasión? Espero encontrarla algún día.