
Me encantaban sus viejos ojos azules clavándose en mí. El sonido que hacía al sorber los condimentos de la ensalada ya terminada.
Me encantaba sentarme en el sofá y ver que bajo él escondía miles de libros de indios y vaqueros. Pasar sus páginas amarillas y oler que decenas de años habían deslizado sus dedos por cada hoja. Me encantaba ver cómo se cambiaba de gafas para leer.
Me encantaba ver los simpsons con él y reír a su misma vez. Que cambiara de canal la televisión sólo para hacerme rabiar. Que me picara continuamente ,y ,me encanta también enfadarme por ello.
Me encantaba esperarle a que llegara del bar de jugar la partida impaciente. Y después regar con él las flores que adornaban nuestra calle. El olor a humedad en pleno mes de agosto, y los caracoles resbalando por las plantas.
Me encantaba su manera de silbar para llamar al gato y acariciarlo, apacible en su regazo.
Me encantaba bajar a comprar pan o ir al colegio agarrada de su mano, y que nunca me dejase caer. Me encantaban sus grandes y secas manos.
Me encanta sentarme con él a la sombra mientras esperábamos a la hora de la comida, y verle tallar madera con su vieja y oxidada navaja.
Me encantaba pasear con él, y que me enseñara los campos. Que me enseñara a aprender a andar en bicicleta.
Me encantaba bajar en coche a la huerta y saltar con cada bache del camino . Sentarme al lado del río a comer una manzana que me había pelado. O aquellas ciruelas recién cortadas que me tendía en sus manos.
Me encantaba subir al castillo con él y que me contara la historia de aquella reina. Me encantaba escucharle. Tararear sin sentido. Sonreír.
Me encantaban esa cantidad de viejas viseras y linternas escondidas tras la puerta de la vieja casa del pueblo. Pasar los veranos allí rodeada de la tranquilidad de la que gozan los niños.
Me encantaba dormir en el sofá cama del salón mientras me dormía viendo la televisión.El invierno en aquella casa. Y jugar al bingo con él, pero aún más al parchís.
Me encantaba verle a la salida del colegio entre aquel montón de padres.
Me encantaba que me obligara a comer. Me encantaba que dijera "el parte" en vez "el telediario".
Me encantaba su tranquilo carácter.
Me encantaba ir al parque con él, o la cabalgata e reyes.
Me encantaba estar con mi abuelo.
Pero por el contrario odiaba toda y cada una de esas pastillas que tomaba, odiaba ese catarro interminable,odiaba el último verano que se pasó es aquella maldita cama.
Odiaba verle palidecer, envejecer y adelgazar en un año todo lo que no había hecho en todos los anteriores.
Odiaba oírle toser, y sonarse con un pañuelo de tela.
Odiaba aquel autobús, esa especie de castillo del que nadie retornaba, y ese maldito color blanco.
Odiaba esa habitación que parecía tan malditamente cómoda, odiaba todas esas máquinas que le rodeaban, odiaba el suero intravenoso en su mano, y odiaba el asqueroso puré que le obligaban a comer.
Odiaba la televisión del techo, y las flores que unos cuantos hipócritas le habían dejado allí para aparentar amor.
Odiaba tener que mirar por esa ventana deseando largarme de allí, y aún más odiaba ver que alrededor sólo había ambulancias y un montón de pinos.
Odiaba ese lugar, y su olor a desinfectante.
Odiaba los horarios de visita, y odiaba la primera y última visita que hice a ese desdichado lugar.
Odiaba tener que irme sabiendo que no volvería a verle.
Y al igual que él, odiaba las despedidas.
-"No sé por qué hay que dejar de querer a una persona sólo porque se ha muerto. Sobre todo si era cien veces mejor que los que siguen viviendo" (El guardián entre el centeno)



